Andrés Manuel: el mesías que no fue



En una lejana conversación con el historiador Enrique Krauze, el presidente Andrés Manuel López Obrador le comentó: “La cosa es simple: hay que ser como Lázaro Cárdenas en lo social y como Benito Juárez en lo político”. Hasta ahora Andrés Manuel ha cumplido. A quienes lo han tachado de populista, las acciones los desmienten: el combate al huachicoleo –la palabra será la palabra del sexenio porque equivale a corrupción, a saqueo– no es una acción populista, es cumplir las expectativas ciudadanas del combate a la corrupción. Hasta ahora AMLO no ha sido populista, es, en todo caso, ahí están las encuestas, popular.


¿La cancelación del nuevo aeropuerto en Texcoco es una política al estilo Juárez? Es lo más probable.

Muchos critican a López Obrador por la proyección “religiosa” de su imagen y por sus desplantes rituales, como su unción pagana en el Zócalo. Andrés Manuel no oficia como sumo sacerdote, sus conferencias mañaneras no son una homilía: ni se sienta en la silla del águila ni despacha desde el púlpito. Taimado, ordenado y aventurero como Juárez y todo-terreno como Cárdenas.

Nadie le hizo caso al exaltado Porfirio Muñoz Ledo cuando, chochez o servilismo, comentó: “Desde la más intensa cercanía confirmé ayer que Andrés Manuel @lopezobrador_ ha tenido una transfiguración: se mostró con una convicción profunda, más allá del poder y la gloria. Se reveló como un personaje místico, un cruzado, un iluminado.

“La entrega que ofreció al pueblo de México es total. Se ha dicho que es un protestante disfrazado. Es un auténtico hijo laico de Dios y un servidor de la patria. Sigámoslo y cuidémoslo todos”.

En vez de revisar los hechos del nuevo gobierno, muchos analistas se quedan con la escenografía, con los decorados. Como la columna de Guillermo Sheridan en El Universal: “Llegó nuestro héroe (algo de Cristo y Rama, algo de Gilgamesh y Robin Hood) a ese remoto sitio paupérrimo en tres camionetas blindadas, luego de siete horas en la carretera. Luego vino la lenta procesión rumbo al estrado, en la que el Mandatario charla con el pueblo afín, posa para las selfis, recibe las flores, impone las manos a los niños, apapacha a las damas, se palmea las espaldas con los hombres, resuelve conflictos agrarios y dice palabras esperanzadoras”.

¿Crónica? ¿Análisis? ¿Qué quiso decir Scheridan más allá de la parafernalia del poder? Nada. La vacuidad como estilo. ¿Y Sheridan coincidiendo con Pablo Hiriart? Cosas veredes…


Publica Hiriart:

“En México ha surgido una nueva religión: el lopezobradorismo. Pero es de plastilina. Como todas las religiones, el lopezobradorismo ofrece el cielo a sus fieles y a los que busca convertir. Y como todas las religiones, exige sacrificios.

“(…) Es una nueva religión. ¿Es un exceso llamarle religión? Ya hay una Cartilla Moral que dan a los adultos mayores que recibirán doble pensión de manos del gobierno.

“(…) Ya comienzan a adoctrinar niños en algunas escuelas públicas. Tienen consigo a una feligresía fanatizada que se expande y ve enemigos o adversarios donde simplemente –como en todas las democracias– hay críticos y opositores. Pero no es asunto de democracia, porque no estamos hablando de política sino de religión. López Obrador puede llevarnos al enfrentamiento de mexicanos contra mexicanos.

“(…) La nueva religión nos lleva a problemas serios si no hay contrapesos políticos y periodísticos a su credo. Pero es una religión de plastilina: con el calor (de la crítica) se desvanece y regresa a su forma natural, tratable. Aunque el frío (la indiferencia), la endurece y eterniza”.



La adoración criticada por Sheridan en Hiriart se convierte en conclusión. Se equivocan. Ni mesías ni sumo sacerdote, si algo encarna Andrés Manuel es al caudillo, como lo visualizó Octavio Paz:



“Seguimos dominados por el mito (y la realidad) del caudillismo. El caudillo –herencia española y árabe– ha sido fortalecido por el militarismo y el populismo. En América Latina predomina, con distintos nombres y formas –unas sangrientas y tiránicas, otras pacíficas e institucionales, como en México– el paternalismo autoritario” (Pasión crítica, Seix Barral, 1985, p. 207).



El error de Juárez fue reelegirse, el acierto de Cárdenas (por el mal ejemplo de Plutarco Elías Calles) fue retirarse, no perpetuarse. López Obrador ha repetido que no buscará la reelección, lo cual es políticamente saludable. Para que la tentación militar no se imponga, hay que acotar a los militares, mantener la seguridad bajo resguardo civil. También atajar que las medidas populares no se transfiguren en populistas. En una frase: acotar la propensión al caudillismo; desde la crítica y la democracia, al paternalismo autoritario.